Si alguien te dijera que la próxima generación de edificios podría construirse con algas, hongos, residuos agrícolas o tierra, probablemente pensarías en un experimento de laboratorio o en un proyecto futurista. Sin embargo, esa conversación ya ocurre en algunas de las escuelas y centros de investigación más importantes del mundo. Hoy, una de las personas que la impulsa desde República Dominicana es Andrea Bautil.

Construir en el Caribe debería ser completamente distinto a construir en cualquier otra parte del mundo. Vivimos en una isla marcada por el sol, la humedad, los vientos alisios, la sal del mar y una extraordinaria diversidad de paisajes. Sin embargo, durante décadas hemos levantado edificios recurriendo prácticamente a los mismos materiales y a las mismas soluciones constructivas, como si una vivienda frente al océano, una casa en la montaña o un proyecto en una zona árida respondieran exactamente a las mismas condiciones. Esa contradicción lleva años intrigando a Andrea.

Nacida en Estados Unidos, es hija de padre belga y madre filipina. Sus primeros años transcurrieron entre California, Cabarete y, más adelante, Santo Domingo. Para la arquitecta, investigadora y fundadora de Atelier ad+b la cuestión de pertenecer siempre ha sido compleja. Haber crecido entre distintas culturas le enseñó muy pronto que no existe una única manera de habitar el mundo. Y eso terminó convirtiéndose en el principio que hoy guía su arquitectura: si cada territorio vive de manera distinta, también debería construir de manera distinta.

En casa, esa visión encontró dos influencias decisivas: su padre, ingeniero, restauró la antigua casa colonial donde vivió la familia durante años; y su madre, economista de profesión e historiadora del arte por vocación, le enseñó a descubrir la belleza que existe detrás de los objetos, los edificios y las ciudades. Andrea recuerda con absoluta claridad el olor de la tierra húmeda, la piedra, la cal y la madera envejecida de aquella obra que conoció con apenas doce años y que marcó el inicio de una investigación que todavía continúa.

Esa curiosidad la llevaría años después a algunos de los escenarios más influyentes de la arquitectura contemporánea. Primero trabajó en OMA, el prestigioso estudio fundado por Rem Koolhaas, donde comprendió que un edificio no es una colección de elementos independientes, sino un sistema donde estructura, instalaciones y materiales deben funcionar como una sola unidad. Más tarde, durante su maestría en la Universidad Tecnológica de Delft, en los Países Bajos, descubrió laboratorios dedicados a investigar biomateriales elabora dos con algas, hongos, fibras vegetales y tierra. Aquella experiencia cambió para siempre su manera de entender la innovación. Descubrió que algunos de los materiales más innovadores del siglo XXI llevaban miles de años acompañando a la humanidad.

Innovar no siempre significa inventar algo nuevo. A veces significa mirar con otros ojos aquello que la historia ya había demostrado que funcionaba”

Cuando regresó al Caribe, la pregunta dejó de ser tecnológica para convertirse en algo mucho más cercano. ¿Por qué una isla con una geografía tan diversa continúa construyendo prácticamente igual en todos sus escenarios? ¿Por qué seguimos dependiendo de soluciones concebidas para otros climas cuando nuestro territorio posee tierra, piedra coralina, cal, fibras vegetales, maderas tropicales y siglos de conocimiento acumulado sobre cómo convivir con este paisaje?

La respuesta comenzó a tomar forma en Atelier ad+b, el laboratorio experimental que fundó para investigar arquitectura, diseño y bioconstrucción desde una perspectiva caribeña. Allí desarrolló un sistema constructivo propio a base de tierra y componentes naturales, resultado de años de investigación, ensayos y colaboración con artesanos, especialistas y expertos internacionales. Su propósito nunca fue sustituir un material por otro. Era demostrar que el Caribe podía dejar de importar maneras de construir y comenzar a desarrollar las propias.

Cada técnica manual representa una pequeña victoria de nuestra especie”

Toda esa investigación encuentra hoy su mayor demostración en Casa Hacienda, una de las primeras viviendas desarrolladas con el sistema constructivo que ha investigado durante años. El proyecto ha servido para demostrar que la bioconstrucción no exige menos precisión que la arquitectura convencional; exige mucho más. Cuando un muro de tierra queda expuesto, no existe un revestimiento capaz de esconder un error. Cada encuentro entre materiales, cada textura y cada detalle hablan directamente de la calidad del proceso constructivo. En esa honestidad material Andrea encuentra una de las mayores virtudes de la arquitectura.

Quizá por eso una de las palabras con las que más se identifica sea “artesana”. Aunque apareció por accidente en su cédula, decidió conservarla porque con el tiempo comprendió que describía mejor su trabajo que cualquier otro título profesional. Para ella, el conocimiento más valioso no vive únicamente en universidades o laboratorios; también permanece en las manos de quienes han dedicado toda una vida a dominar un oficio.

Pero reducir su trabajo a un sistema constructivo sería simplificar demasiado lo que ocurre dentro de Atelier ad+b. Para Andrea, la materia también cuenta historias. Sus investigaciones han dado origen a superficies, revestimientos y piezas ornamentales donde la tierra deja de ser un material oculto detrás de un acabado para convertirse en protagonista. Cada relieve, cada textura y cada variación de color responde a la composición única del suelo del que proviene. No existen dos piezas iguales porque tampoco existen dos territorios iguales. En sus manos, la tierra deja de entenderse como un recurso de construcción para convertirse también en una pura expresión de diseño.

Esa manera de trabajar ha comenzado a atraer a arquitectos y clientes interesados en una arquitectura donde la técnica y la sensibilidad conviven con naturalidad. Frente a una industria cada vez más estandarizada, Andrea propone exactamente lo contrario: proyectos que nacen del lugar donde serán construidos y que no podrían existir en ninguna otra parte del mundo. Sus piezas no buscan ocultar el material, sino revelar su origen, haciendo visible aquello que durante décadas permaneció escondido detrás del concreto, el yeso o la pintura.

Mientras el mundo observa con fascinación el avance de la inteligencia artificial, Andrea defiende que el futuro también dependerá de aquello que ninguna tecnología puede reemplazar con facilidad y eso es la relación entre la mano, la herramienta y la materia. Innovar, insiste, no significa sustituir el conocimiento artesanal, sino permitir que dialogue con la investigación científica y las tecnologías contemporáneas.

Andrea suele decir que la tierra guarda memoria. En ella puede leerse la historia geológica de un lugar, entender los procesos que lo formaron e incluso reconocer la huella que dejamos sobre él. Quizá por eso eligió dedicar su carrera a un material que muchos consideran el más antiguo de todos y ella insiste en mirar como uno de los más contemporáneos. Mientras gran parte del mundo continúa buscando el próximo gran descubrimiento, ella ha decidido volver la mirada hacia el suelo. Porque, a veces, el futuro que tanto esperamos lleva siglos esperando bajo nuestros pies.

IG: @adplusb

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