Manuela Echeverri se posiciona como una artista a observar, y a adquirir, dentro del panorama contemporáneo latinoamericano por la solidez de su lenguaje visual, la consistencia de su discurso y una práctica donde estética y dimensión social conviven con naturalidad. Su obra articula una identidad contundente, donde el color y el corazón (símbolo recurrente y ya distintivo de su obra) construyen un lenguaje reconocible, emocional y conceptualmente sólido.

Esa misma línea se expande en Esporas, presentada en el Museo de Arte Moderno de Cartagena, en el que retratos infantiles e carboncillo y piezas escultóricas abordan la resiliencia, la diversidad cultural y la niñez como territorio de transformación.

Lo que distingue a Echeverri no es únicamente lo que crea, sino desde dónde lo hace. Su práctica se extiende hacia el trabajo con comunidades vulnerables y proyectos formativos, evidenciando una visión donde el arte también es acompañamiento, herramienta y posibilidad.

Fotos: Camilo Díaz | Coordinación: Natalia Nachón

¿Qué quieres transmitir con tu arte?

Mi obra busca generar conciencia. No es simplemente un ejercicio estético, es un llamado. Trabajo desde la infancia como territorio esencial, porque ahí se define cómo sentimos, cómo cuidamos y cómo habitamos el mundo. Me interesa recordar que la infancia no deb romantizarse; comprenderla desde un espectro más amplio es una urgencia. También resalto que nuestra relación con la naturaleza no es opcional, es vital. Mi arte intenta incomodar desde lo sensible para que volvamos a mirar lo que hemos estado ignorando.

¿Cuál es tu visión?

Mi visión gira en torno a construir un lenguaje artístico que trascienda el objeto y se convierta en experiencia y reflexión colectiva. Lo relacional, lo social y lo experiencial son fundamentales. Me interesa que el arte llegue a espacios donde genere impacto real, no solo contemplación, y que vincule a las comunidades para lograr beneficio y transformación colectiva. Voy hacia proyectos más inmersivos, públicos y conectados con el territorio. El arte funge como puente entre lo que somos y lo que estamos destruyendo, con el propósito de movilizar y hacer que la gente se sienta llamada a actuar desde sus posibilidades.

¿Cómo fueron tus inicios?

Mis inicios fueron intuitivos, profundamente emocionales. Me dejé llevar por la pintura, explorando lo que otros me hacían sentir a través de sus formas de vida. Empecé a dibujar desde la necesidad de entender el mundo. Con el tiempo, entendí que el arte no solo era un canal personal, sino una herramienta para hablar de lo que nos atraviesa como sociedad. La infancia apareció como un eje natural, como una forma de cambio real: cuando protegemos la semilla, nos aseguramos un mañana más promisorio.

El arte tiene una responsabilidad enorme con la sociedad; si no logramos impactar ese contexto, nos quedamos en lo decorativo”

¿Qué técnica utilizas?

Trabajo principal mente con carboncillo sobre papel Fabriano e intervenciones al óleo, en gran formato. Me interesa el gesto, la materia y la profundida de la monocromía. El carboncillo es directo, honesto. Construyo desde la luz y la sombra, dejando que el rostro emerja más allá del dibujo. Integro elementos simbólicos: animales, semillas, objetos… que expanden la narrativa de cada obra y territorio.

¿Cuáles han sido los factores que han impulsado tu carrera?

La coherencia, la permanencia y la constancia. Mantenerme fiel a lo que quiero decir, incluso cuando no es cómodo. También, priorizar el contacto directo con las realidades del país, con los territorios y las historias que no siempre se cuentan. Entender que el arte tiene una responsabilidad enorme con la sociedad; si no logramos impactar ese contexto, nos quedamos en lo decorativo.

¿Qué personas o instituciones han sido clave en tu éxito?

He tenido el apoyo de museos, galerías, coleccionistas y aliados que han creído en el valor conceptual de mi obra. Pero más allá de nombres, han sido clave las personas que conectan con lo que hago: curadores, coleccionistas y espectadores que entienden mi mensaje, mi postura y mi legado social.

Para Manuela Echeverri, su hijo Máximo es el eje central de su vida, su compañero de andanzas y la presencia luminosa que la acompaña, incluso en sus procesos creativos.

¿Obras más destacadas y más retadoras?

Las más retadoras han sido las que me han obligado a ir más profundo, especialmente dentro de la serie Esporas. Son obras donde la infancia no se representa desde la carencia, sino desde la dignidad y la fuerza cultural. Más que retadoras, las llamaría inspiradoras.

¿A dónde te diriges ahora?

Estoy en un momento de expansión. Quiero llevar mi trabajo a formatos más grandes, más públicos, más vivos. Estoy desarrollando proyectos monumentales para integrar arte, espacio y participación. Me interesa que la obra no termine en el lienzo, sino que continúe creciendo gracias a quien la ve. Así como Esporas viaja por Colombia, proyecto llevar ese recorrido a otros países. El siguiente paso es claro: hacer del arte una experiencia que no solo se observe, sino que transforme.

Mi arte intenta incomodar desde lo sensible para que volvamos a mirar lo que hemos estado ignorando”

Exposiciones

El recorrido expositivo de Manuela Echeverri encuentra en Esporas uno de sus momentos más significativos. Nacida desde territorios como Necoclí, Cartagena, La Guajira, Tumaco y la Amazonía, la muestra ha evolucionado hasta convertirse en una exposición itinerante que ha transitado por instituciones como el Museo de Arte Moderno Enrique Grau en Cartagena, el Museo de Arte del Tolima, la Quinta de San Pedro Alejandrino en Santa Marta y el Museo Rayo en Roldanillo.

Más que una exhibición, Esporas se plantea como una cartografía viva donde la infancia articula territorio, memoria y conciencia. La integración de música, gastronomía y piezas relacionales convierte cada muestra en una experiencia expandida, donde el espectador participa de una narrativa más amplia, una intención que también atraviesa sus exposiciones individuales y colectivas en espacios como la Galería Duque Arango, reafirmando una práctica que insiste en generar reflexión más allá de la contemplación.

Hitos clave

Más que una sucesión de logros, la trayectoria de Echeverri se define por momentos de conciencia. Su obra ha encontrado eco en escenarios internacionales, con reconocimientos como el Red Dot Award en Alemania, y ha abierto espacios de diálogo en plataformas como las TED Talks, donde se amplifica su visión de un arte que trasciende el objeto.

Sin embargo, el verdadero punto de inflexión ocurre en lo íntimo: cuando una obra logra detener al espectador y trans formar su manera de mirar la infancia. Es en ese instante donde su práctica cobra sentido, recordando que lo esencial no es solo lo que vemos, sino aquello que decidimos cuidar.

IG: @manuecheverri

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