Hay una imagen que cada vez se vuelve más habitual dentro de algunos de los espacios culturales más observados de Nueva York: una arquitecta dominicana moviéndose con absoluta naturalidad entre artistas, diseñadores, cineastas y figuras que hoy moldean buena parte de la escena creativa contemporánea. Muchos comenzaron a reconocer a Ana Amelia Batlle Cabral a través de apariciones junto a Marcello Hernández (comediante, actor y una de las figuras emergentes más relevantes del entretenimiento estadounidense actual) en escenarios como el MET Gala, los Grammy y distintos encuentros culturales de la ciudad. Pero lo verdaderamente interesante ocurre lejos de las cámaras.

Ana Amelia pasa buena parte de su tiempo pensando en coralina, ruinas, arqueología y memoria caribeña. Formada entre Savanah College of Art and Design (SCAD) y Yale, arquitecta dentro del estudio de Frida Escobedo (una de las firmas más influyentes y prestigiosas de la escena contemporánea internacional) y fundadora de BATLLE + sig junto a Signe Ferguson, una práctica experimental donde arquitectura, mobiliario, escultura y paisaje funcionan como vehículos para explorar mito, identidad y cultura material caribeña, Ana Amelia hace muy evidente una base familiar donde el arte, la sensibilidad estética y la curiosidad intelectual siempre formaron parte natural de su manera de mirar el mundo. Y quizás ahí vive el verdadero centro de esta conversación: en cómo una nueva generación de creativos dominicanos está dejando atrás el exotismo para convertir la sensibilidad caribeña y su complejidad cultural en una poderosa forma de pensamiento y expresión contemporánea.

La silla Juaracan fue diseñada por Ana Batlle Cabral y fotografiada por Andrea Dorantes

Retratos: Tereza Janakova

Tu trabajo tiene algo muy contempráneo: toma materiales cotidianos o gestos aparentemente simples y los convierte en algo inesperado. ¿Qué te interesa de lo común? ¿Por qué seguimos subestimando lo cotidiano?

Porque lo tenemos tan cerca que no lo vemos. Me interesa lo cotidiano porque ahí se esconde una de las formas más complejas de conocimiento cultural. Lo común no es simple; es aquello que hemos visto tantas veces que hemos dejado de mirar. Un material doméstico, una piedra local, una sombra o un gesto repetido pueden contener memoria, geografía e historia. Creo que subestimamos lo cotidiano porque la modernidad nos enseñó a asociar valor con excepcionalidad o espectáculo. Pero muchas prácticas artísticas contemporáneas

han demostrado lo contrario. Pienso en James Turrell, quien trabaja con algo tan elemental como la luz y la convierte en una arquitectura de percepción casi mística. O en Christo and Jeanne-Claude, que al envolver edificios y paisajes nos obligaban a ver de nuevo aquello que creíamos conocer. En mi trabajo, lo común es una puerta hacia lo mítico. Me interesa tomar materiales que pertenecen a una memoria colectiva -la coralina, la madera, la piedra, los gestos artesanales- y desplazarlos hacia otro territorio.

Creciste en el Caribe, en República Dominicana, y hoy trabajas dentro de algunos de los circuitos creativos más sofisticados de Nueva York. ¿Qué aspectos de tu origen siguen definiendo tu sensibilidad y tu manera de pensar?

El Caribe me enseñó a pensar desde la contradicción. República Dominicana es un lugar de belleza inmensa, pero también de capas históricas complejas: colonización, turismo, paisaje, mestizaje, informalidad y exuberancia. Esa tensión sigue definiendo mi sensibilidad. Creo que mi manera de mirar viene mucho de haber crecido rodeada de materiales vivos: piedra coralina, humedad, vegetación, luz, sombras profundas y objetos hechos a mano. Hay una inteligencia material e inmaterial en el Caribe que muchas veces no se ha traducido al lenguaje contemporáneo con la profundidad que merece. Mi origen también me dio una relación muy intuitiva con el mito. En el Caribe, la historia muchas veces aparece en relatos, símbolos, ruinas y silencios. Esa dimensión casi mitológica me interesa mucho.

El Caribe me enseñó a mirar la luz, la textura y la relación entre interior y exterior. En una ciudad como Nueva York, donde todo parece mediado por la eficiencia, esa sensibilidad me permite encontrar momentos de pausa y relacionarme con la ciudad también desde su dimensión poética.

BATLLE + sig nace desde un espacio mucho más libre y experimental. ¿Qué necesitabas explorar ahí que no cabía dentro de las estructuras más tradicionales de la arquitectura?

BATLLE + sig nace de la necesidad de trabajar en un territorio más híbrido, donde arquitectura, escultura, mobiliario, paisaje y arte contemporáneo pudieran dialogar libremente. Nos interesa crear objetos funcionales que también puedan contener simbolismo, memoria y presencia escultórica. No pensamos la arquitectura solo como construcción, sino como una práctica cultural expandida.

¿Cómo se conocieron tú y tu socia, Signe Ferguson, y qué hace que dos mujeres creativas logren construir una visión compartida sin perder individualidad?

Signe y yo nos conocimos a través de una afinidad creativa muy natural. Desde el principio hubo una conversación fluida entre nuestras referencias y nuestras formas de mirar los materiales. Creo que una colaboración real no se trata de borrar las diferencias, sino de construir un lenguaje donde esas diferencias puedan convivir. Hay una confianza muy fuerte en el criterio de la otra. Eso permite discutir, cuestionar y refinar, siempre respetando la visión de ambas. También creo que, como mujeres creativas, hay una conciencia importante sobre la necesidad de construir espacios propios.

¿Cómo se ejerce influencia cultural en una época donde todo compite por atención?

La influencia cultural no es únicamente visibilidad; es la capacidad de alterar la sensibilidad colectiva. En una época donde todo compite por atención inmediata, creo que la verdadera influencia cultural no surge necesariamente de lo más visible, sino de aquello que logra sostener una reflexión más compleja y duradera. Para mí, ejercer influencia cultural implica crear obras u objetos que abran preguntas.

Dentro de BATLLE + sig exploran diseño de mobiliario y piezas funcionales desde un lugar muy artístico y conceptual. ¿Cómo nacen esos objetos?

Nuestros objetos nacen de una tensión entre materia, mito, función, espacio y sensibilidad humana. Nos interesa mucho que una pieza pueda cumplir un uso y, al mismo tiempo, tener una presencia casi arqueológica. Las referencias pueden venir de una formación geológica, una ruina caribeña, una escena cinematográfica o una escultura precolombina. Nos interesa que el objeto exista en un tiempo ambiguo: contemporáneo, pero también ancestral.

Ejercer influencia cultural implica crear obras u objetos que abran preguntas”

Tanto tú como Marcello Hernández representan una nueva generación de talento que entra a la industria creativa global desde lugares más auténticos y culturales. ¿Cómo se acompañan mutuamente?

Tanto Marcello como yo trabajamos desde la traducción cultural de lo cotidiano: rituales, supersticiones, lenguaje y dinámicas sociales que forman parte de nuestra memoria colectiva. Él transforma esas observaciones en humor y narrativa; yo intento materializarlas a través del espacio y el objeto. Y, por supuesto, nos acompañamos desde una admiración muy profunda por el trabajo del otro.

¿Qué conversaciones, causas o tipos de impacto sienten que vale la pena impulsar desde el lugar que hoy ocupan?

 Creo que cualquier plataforma visible debe preguntarse no solo qué muestra, sino qué posibilita. Para mí, una conversación importante tiene que ver con cómo crear más puentes entre el Caribe y los circuitos culturales globales. Me interesa pensar en modelos donde la cultura dominicana sea entendida más allá del entretenimiento o el turismo, y también como infraestructura intelectual.

¿Qué cosas sientes que el Caribe todavía no entiende sobre su propio potencial cultural?

Creo que el Caribe todavía no termina de reconocer que su mayor potencia no está solo en su belleza natural, sino en la complejidad de su historia, sus lenguajes y su cultura material. Hemos traducido muy bien el Caribe como paisaje y entretenimiento, pero todavía falta pensarlo con más fuerza desde el arte, el diseño y la producción cultural contemporánea.

Muchas de sus referencias vienen de literatura, cine, performance o cultura visual, no únicamente de arquitectura. ¿Crees que las propuestas más interesantes hoy nacen fuera de los límites tradicionales de cada disciplina?

Sí, absolutamente. Creo que las propuestas más relevantes hoy nacen precisamente de la intersección. La arquitectura por sí sola no basta para explicar cómo habitamos el mundo; necesita dialogar con arte, cine, moda, literatura y teoría crítica. Las disciplinas tradicionales siguen siendo importantes, pero la hibridación integra más. Para mí, las prácticas más interesantes son aquellas que no preguntan: “¿A qué disciplina pertenezco?”, sino: “¿Qué tipo de experiencia estoy tratando de construir?”.

¿A quién le pertenece el futuro creativo?

Creo que a quienes pueden construir relaciones complejas entre ideas, materiales, contextos y públicos. Hoy, la capacidad de conectar se ha vuelto una forma de inteligencia. Me interesa mucho esa figura del creador como traductor: alguien que puede tomar referencias de distintos mundos y convertirlas en una propuesta coherente, sensible y crítica.

Cuando piensas en legado, ¿qué conversación te gustaría dejar abierta?

Si pienso en legado, no lo concibo como un gesto monumental, sino como la posibilidad de producir espacios, objetos y experiencias con una permanencia cultural y afectiva capaz de trascender su propio tiempo. Aspiro a contribuir a una arquitectura situada: una arquitectura que emerja desde las condiciones culturales, ambientales e históricas de República Dominicana. Quizás el legado que me interesa dejar abierto es precisamente esa pregunta: ¿cómo se construye un lenguaje espacial genuinamente dominicano dentro de la contemporaneidad global?.

Hay una inteligencia material e inmaterial en el Caribe que muchas veces no se ha traducido al lenguaje contemporáneo con la profundidad que merece”

IG: @anabatlle @basa_atelier_

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