Hay fotógrafos que retratan espacios. Y otros, como Victor, que son capaces de escucharlos. Mundos Interiores, el libro que recién lanzó junto a su amiga, la reconocida escritora Nelia Barletta, no es una colección de casas en la Ciudad Colonial; es una cartografía íntima de cómo se habita la historia cuando deja de ser postal y vuelve a ser piel. En estas páginas, la Ciudad Colonial aparece lejos del cliché turístico. Es una ciudad de capas, de mezclas culturales, de rutinas invisibles, de talleres donde el tiempo respira distinto. Es patrimonio vivo, sostenido por personas que dialogan con muros centenarios desde la cotidianidad.

Fotos: cortesía Víctor Stonem

Entrar a una casa, para Victor, es atravesar una frontera invisible. No basta con la luz correcta ni con el encuadre preciso. Se necesita confianza, paciencia. Una ética silenciosa que entienda que hay espacios que se miran, pero no siempre se muestran. “No buscábamos enseñar casas, sino comprenderlas dentro de su contexto”, me dice sobre el proceso con Nelia. Por lo que solo entraban donde existía una relación viva entre las personas y el espacio, donde el interior hablaba de una manera específica de estar en el mundo.

Mundos Interiores transformó mi manera de mirar”

En un momento histórico dominado por la estilización obsesiva y el staging, Victor tomó la decisión de no intervenir, de no mover objetos, de no “preparar” la escena, de confiar en lo que sucede frente a la cámara. “Mundos Interiores transformó mi manera de mirar”, confiesa. Y esa transformación tiene que ver con la pausa. Con soltar el control. Con aceptar que la verdad visual rara vez es perfecta. Gran parte de su práctica ocurre en la intimidad de otros. Casas, estudios, talleres. Le pregunto cómo se entra y se sale de la vida de alguien sin quedarse atrapado. “Lo que me mueve es la curiosidad”, responde. No llega con una idea cerrada, sino con la disposición de observar y aprender. Esa curiosidad le permite estar presente sin invadir y retirarse sin apropiarse.

Su trabajo hoy se mueve entre Latinoamérica, Estados Unidos y Europa, colaborando con figuras como Mark D. Sikes, Fabrizio Casiraghi o Darren Jett, y publicándose en importantes plataformas internacionales. Sin embargo, lejos de endurecer su mirada, esa movilidad lo ha obligado a desaprender. “Fotografiar fuera de tu propio contexto es, para mí, un ejercicio de adaptación constante. Cada cultura tiene una relación distinta con la intimidad, con el tiempo, con la luz. Desaprender se vuelve parte del método”. La paciencia hoy ocupa un lugar central en su práctica. En una época que exige resultados inmediatos, él apuesta por procesos largos: libros, proyectos en early stages. Prefiere observar, volver y dejar que las ideas maduren. La fotografía, dice, es el lenguaje que le permite estar en silencio y, al mismo tiempo, presente. Le exige educar el ojo todos los días.

Su próximo proyecto en España, centrado en personas y oficios desde sus propios espacios, profundiza esa misma obsesión: entender cómo los lugares de trabajo y de vida se convierten en extensiones directas de la identidad.

En este momento, siente que está dejando atrás cierta necesidad de validación. Se permite trabajar con más criterio, más calma, más disfrute. Entiende que no todo tiene que mostrarse ni resolverse de inmediato. Que la fotografía no está para explicar, sino para sugerir y para dejar que “las cosas” sean.

IG: @victorstonem

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