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Jueves 01 de Marzo de 2012 00:00

Carnaval Dominicano

Una recorrido por los personajes y carrozas más famosos de esta tradición.

  • 	Roba la Gallina/ Fotografía: Pedro Genaro
  • 	Los icónicos Diablos Cojuelos/ Fotografías: Pedro Genaro
  • 	La Bandera Nacional sirve de inspiración para varios disfraces/ Fotografía: Engels Mateo

Por Anyi Severino
Fotografías: Pedro Genaro y Engels Mateo

Con su pluma, el ilustre poeta petromacorisano, Pedro Mir, describió a República Dominicana en su poema “Hay un país en el mundo”. Ahí lo define como un país sencillamente liviano, frutal, fluvial y material; y a esto podríamos agregar que, al llegar febrero, es sencillamente mágico. 

Y es que sólo algo tan abstracto e impredecible como la magia puede justificar lo que sucede en tiempos de carnaval: la amalgama de colores que se adueña de las avenidas. El baile obligatorio al ritmo del sonido contagioso de los redoblantes, el “vale” para pegarle un vejigazo a quien le pase por al lado, la libertad para disfrazarse de lo que le plazca y llevarlo con igual garbo que el más lujoso de los atuendos, así como el enigma que se esconde detrás de una careta, pero sobre todo… la sonrisa de la gente. 

La alegría del carnaval es tan extensa que alcanza para recorrer cada rinconcito del país. Santo Domingo, Santiago, Cabral, La Vega, Bonao, Azua, Higüey (y, de paso, Punta Cana). Cada lugar aporta el toque de autenticidad a sus desfiles nutriendo de más vistosidad el tradicional Desfile Nacional de Carnaval que se realiza el primer domingo de marzo, generalmente. En esta actividad, organizada por el Ministerio de Cultura con el apoyo de Cervecería Nacional Dominicana y su marca Cerveza Presidente, convergen y compiten las mejores representaciones carnavalescas de República Dominicana. Allí, en el malecón, a sol abierto, frente al mar Caribe y con la energía que caracteriza a los dominicanos, lo que se vive es un ambiente de pura fiesta.

La materia prima: los personajes 

Los inicios del carnaval dominicano se remontan a la época de la colonia, cuando los habitantes de la isla se disfrazaban imitando las “carnestolendas” o carnavales europeos, siendo así una de las pocas manifestaciones culturales que no sólo se ha conservado con el tiempo, sino que ha logrado fortalecerse con el pasar de los años.

Esto, gracias al empeño de sus organizadores, así como al respaldo que ha recibido de importantes marcas que han advertido el impacto atrayente que esta manifestación cultural provoca. No obstante, lo anterior no habría sido posible sin la principal materia prima: los participantes. Ellos deben colocar toda su creatividad en acción para lograr disfraces cada vez más innovadores, sin importar si es un personaje tradicional. De ahí que un Roba la Gallina no sea igual al otro, aunque mantenga su sombrilla y su derrière voluptuoso.

Cuando se habla de disfraces y personajes, resulta impresionante el ingenio del dominicano, que con los elementos más simples desarrolla las propuestas más interesantes. Por ejemplo: con tiras extraídas de sacos, Los Monos de Simonico logran su tradicional disfraz, mientras que Los Tiznaos se auxilian de aceite quemado de vehículo y se convierten, en cuestión de minutos, en los personajes más “oscuros”. Y qué decir de los Platanuses, personajes característicos del carnaval de Cotuí, cuya materia prima es la hoja de plátano.

Ahora bien, si nos vamos al plano de las comparsas, la más rítmica de todas es la de los Alí Babá. Fuerza, sincronización y tiempo se conjugan para ofrecer una impactante coreografía que a más de uno deja impresionado y deseoso de bailar. 

Pero, donde no hay discusión es con el Diablo Cojuelo, probablemente el personaje más icónico de nuestro carnaval. Un travieso diablillo que se encarga de dejar un recuerdo en quienes visitan el carnaval, y no precisamente en la memoria sino en la piel, gracias a su traviesa vejiga. 

 

 

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